LA CULTURA Y LOS EMPOBRECIDOS

Juan Diez del Moral al referirse a la voluntad de aprender que reinaba entre los obreros del campo andaluz a principios del s XX, escribe:
‘Se leía siempre; la curiosidad y el afán de aprender eran insaciables; hasta de camino, cabalgando en caballerías, con las riendas o cabestros abandonados, se veían campesinos leyendo; en las alforjas, con la comida, iba si empre algún folleto…
Es verdad que el 70 o el 80% no sabían leer pero el obstáculo no era insuperable. El entusiasta analfabeto compraba su periódico y lo daba a leer a un compañero, a quién hacia marcar del artículo más de su gusto; después rogaba a otro camarada que le leyese el artículo marcado, y al cabo e algunas lecturas terminaba por aprenderlo de memoria y recitarlo a los que no lo  conocían.´
Los obreros quitaban horas de sueño para autoeducarse, escribir sus periódicos, reunirse en su ateneo y dialogar. El asalariado actual dispone de más tiempo que el de otras épocas, pero este tiempo disponible no lo dedica en general a menesteres culturales, sino a las diversiones y formas banales de ocio que le ofrece la sociedad de consumo para aturdirle, desde la televisión y el automóvil a los espectáculos deportivos y hobbies.
Heleno Saña (2011): La traición de los intelectuales a los pobres.
Madrid. Ediciones Voz de los sin Voz

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