INMIGRANTES EN EL LIMBO SOCIAL

Centenares de africanos malviven en un pinar junto a campos de fresa de Huelva, sin agua, sin trabajo y sin apenas comida.
Bajo un cielo de leche plástica engordan fresas del tamaño de una pelota de tenis. Mujeres de suaves rasgos eslavos las recolectan, marroquíes conducen tractores y dirigen las cuadrillas femeninas y los ‘morenos’ vagan por las cunetas, de explotación en explotación, buscando un jornal de 35 euros, o por menos si el jefe así lo manda. Entre los municipios de Mazagón y Palos se extiende una inmensa capota blanca que oculta los campos rojos y verdes de fresa, que oculta el campamento de la vergüenza, el lugar de ninguna parte de los africanos derrotados, el punto final de un viaje. Esta es la estación término de una huida fracasada de centenares de negros en un pinar de Huelva.

Cuando termina la jornada de recogida se escucha como un murmullo en esta médula estrecha de asfalto ceniza que arropan los invernaderos. Los temporeros salen de los plásticos con una risa de alivio y la charla en la boca. Se escuchan chistes e insultos amigables en un millón de idiomas. Frente a la planta de la finca Las Madres, una de las principales de España en este cultivo, están los barracones de los jornaleros. Cada puerta metálica da acceso a una habitación de paredes desnudas pintadas por la humedad con una larga mesa y unas pocas sillas. Hornillos, una bombilla desnuda y un frigorífico viejo. La competición de frigoríficos viejos nos llevaría al Neolítico del electrodoméstico. Al fondo de un pasillo, un plato ducha y un retrete. Alrededor del salón, cuatro dormitorios para vivir de dos en dos. Allí están las televisiones, su periscopio con su mundo. Se mezcla una babel de cadenas extranjeras. Un marroquí fuma un Pall Mall apoyado en su viejo Peugeot corinto cuando se cruzan dos jóvenes rumanas sudadas arrastrando kilos de barro en sus botas. “Esta noche, fieesta”. Ellas ríen. “Un poco de fiesta, ¿no? No todo trabajo”. Ellas siguen con sus risitas hasta que entran en su barracón y diciéndole cosas al marroquí en su idioma. El cree que filtrean y les sigue contando monerías. A los pocos segundos sale del interior música alegre, música de baile. Se cierra una puerta. El viento hace chasquear el océano de plásticos con un chas chas que se pierde y orquesta una danza en los tendederos de los trabajadores, repletos de ropa de colores.
A este lugar vino a morir desde Rumanía Maria Ganecha Costela. Una cruz con flores y unas figuras ortodoxas la recuerdan junto a un árbol, una cruz que se apoya en el tapacubos del coche en el que se mató. A pocos metros de este lugar vino a morir desde Mali Faraba Diarra, de 33 años, combatiendo el frío de una noche de temporal en su cabaña con un artilugio conectado a un hornillo, un artilugio que le asfixió. Faraba no tenía coche ni trabajo, como María. Faraba no tenía nada y nada le recuerda en el lugar en el que perdió la vida. Sigue en pie su covacha de plástico, ennegrecida por el humo, están aún las mantas y, alrededor, su última basura. Un testimonio. Ahí murió un hombre.
Tras los barracones, siguiendo un camino arrugado por el lodo endurecido -a los lados, fresas, fresas, fresas…-, dan la bienvenida jirones de plástico, pedazos de óxido que en su otra vida fueron latas y zapatos rotos, muchos zapatos rotos, los zapatos son las primeras víctimas de los kilómetros que terminan aquí. El último escalón en este universo. Cuando se entra en este pinar es porque ya no hay nada más. Cuando se entra en este pinar es porque en este juego de avanzar casillas, desde que escapas de tu país hasta el espejismo, has perdido. Acabas de retroceder casi todas las casillas y sólo te queda de ese sueño de fuga esta camiseta falsa del Barcelona que luce el joven africano con el que nos cruzamos y saluda con un qué tal antes de adentrarse en el agujero de sombra. “¿Keita o Kanouté? Levanta el pulgar como reconocimiento al nombre de sus compatriotas de otra galaxia.
¿Qué es este pinar? Es una civilización llamada Supervivencia. Como hongos y con el desorden de los imprevistos, se levantan estructuras de caña con plásticos sacados de los invernaderos aferrados con nudos. Es una extensión grande, una ciudad que escupe el humo de las fogatillas del té y las cazuelas donde hierven sopas inventadas. Saluda un tigre. A la entrada del poblado el tigre de trapo dice hola, un guiño de buen humor en este fracaso permitido. La fresa de Huelva ha llegado a facturar hace dos años 250 millones de euros y empleó a 135.000 personas. Ese año han llegado o no se han ido a esta porción de esas cifras unos 40.000 temporeros. Dicen que más españoles que nunca, los españoles que vienen despedidos por las onda expansiva del ladrillo, pero no vemos a ninguno. En 2007, con las fresas brotando, los agricultores no encontraban mano de obra. Rumanía redujo el número y se hallaron con la necesidad de recurrir a Senegal. Todas las manos que llegaban eran bien recibidas. Juan Antonio Camacho, secretario general de COAG Huelva calculó que los temporales se habían llevado el 59% de la cosecha y la humedad, además, atrajo botrytis que pudrió la fresa recién nacida. ¿Resultado? Este año no hacen falta manos.
Un capataz marroquí, un hombre dicharachero de Marrakech, que dice que es la mejor ciudad del mundo, pero a la que no va desde hace años, nos ha dicho antes de llegar aquí que él cree que este año ha venido más gente, “pero había menos trabajo que nunca. Muchos de los míos se han ido a Granada o Murcia a ver si tenían más suerte. Ha sido la lluvia y este invierno, pero la fresa es buena. Mira”. Y nos enseña una fresa roja y grande, una fresa de anuncio.
Lo que sí ha hecho la lluvia y este invierno es acabar con la fe de los habitantes del campamento. Caminamos por él, entre los proyectos de chabola y las chabolas en ruinas, entre los desperdicios que todo lo pueblan, como seres de otra dimensión. Los africanos nos miran, pero no intercambian palabra si no nos dirigimos a ellos. Nos miran como a un zoo ambulante. Ante un té, el primer grupo ya nos explica lo que va a ser todo el recorrido. “¿Periodistas? Ya, siempre periodistas, vienen a ayudar con las manos vacías. Dicen que hablemos, pero hablar no sirve de nada. En Jaén igual, venimos a ayudar, nadie ayuda. Nadie hará nada por nosotros. Aquí nadie quiere a los morenos. Como si nos morimos…”.
A unos pocos metros dos juegan a las damas y diez miran el tablero artesanal en el que se enfrentan tapones de coca-cola contra tapones del resto del mundo de los refrescos. Cocacolas juegan y ganan, tac, tac, tac. “Nadie contrata morenos -nos cuenta un joven que dice llamarse John-. Nos dicen venid mañana, quizá mañana trabajo, pero mañana hay alguien que trae 200 rumanas en un camión y ya no trabajo. No trabajo nunca para los morenos, siempre trabajo para las chicas”.
En el lugar donde se fabrica una rudimentaria hacha para cortar la leña que dará fuego por la noche, un trabajo que hace un chico muy joven que se hará ante nuestras preguntas guineano -un país o lo que sea sin convenio de repatriación- charlaremos largo rato con un hombre con las manos labradas por el trabajo y con espíritu sindical, un hombre que piensa que deberían juntarse todos y sentarse en la carretera, dejar de ser invisibles. “Pero no quieren”. Es él el que nos relata la rutina. “Me levanto a las ocho y camino veinte kilómetros, hasta las 13. Voy buscando trabajo de sitio en sitio. Hoy no trabajo, mañana quizá, poca fresa y mucha lluvia, y mucho frío. No hay faena. Vuelvo aquí, pero muchos no se han movido. Muchos ya no se mueven. Se quedan aquí todo el día. Vuelvo sin trabajo y tengo lo mismo que ellos, pero veinte kilómetros más en mis pies y ya llevo muchos kilómetros desde que salí de casa. Tardé cuatro meses en llegar a España cuando me fui de casa. Trabajaba en un taller de ropa en mi país, en Mali. Aquí en España iba bien. Más de tres años trabajando, papeles, tengo papeles, siempre trabajo en Gerona, en Valencia, en Jaén. Y ahora nada. Meses esperando algo. Y vengo con los pies cansados y vuelvo a andar para buscar agua. Sin agua no tengo nada más. Sin agua no puedo lavarme, sin agua no puedo comer. Un hombre bueno, un agricultor de aquí, nos daba agua. Pero ahora no tiene dinero, el banco no da dinero, la crisis de los españoles, la crisis rica. Yo entiendo. No puede dar agua a mil… así es, no tenemos agua”.
Algunos de sus compañeros comparan este desastre con las condiciones que tenían en Valencia. “Había duchas en el campamento. Duchas…”, repite un con ensoñación. Son todos hombres dejando correr un tiempo lento, pesado, con olor a polvo y picor, el tiempo de ese pinar con troncos como barrotes. Pero uno apostaría a que si hay una palabra por encima de comida, hembra o hachís que cala en esta gente es ésa: ducha.
De una cazuela extrae Guillherme, en cuclillas, un grumo amarillo que se come con las manos. Preguntamos que qué espera y levanta la mirada con desdén. Nos cuenta una historia: “Vinieron aquí de televisión y pasaron una noche durmiendo con nosotros. Gente bien. También venían a ayudar. Pocos vienen, todos a ayudar. Nadie trae agua, pero todos vienen a ayudar. Durmieron y hablaron y nosotros hablamos. Para ayudar, para ayudar. Salió en la televisión y sólo salió yo, yo, yo… Nosotros detrás, pobres morenos, qué pena pena. Hablamos contigo y tú te vas. Tú haces tu trabajo, yo no hago trabajo. Yo te ofrezco mi comida. ¿Quieres? No quieres. Tú ofreces ayuda. Aquí la única ayuda es la de Dios y no llega, sólo llega agua y frío. Qué espero, qué espero. Da igual lo que espere. No importa, nadie importa si espero o no espero”. “¿Hay algo peor que esto? ¿No estaríais mejor en vuestro país?” Ghillerme se rinde con un gesto de “este tío no entiende nada”. Ya no contesta más. Un amigo le disculpa: “No se puede volver, cuando se sale no se puede volver así a casa con manos vacías”.
Javier Rodríguez es uno de los encargados de los programas de exclusión de Cáritas en Huelva. Cáritas es la única organización que se ocupa de esta gente. Lleva comida todas las semanas al campamento. Ha hablado con muchos de ellos y saca sus conclusiones: “Ellos no pueden asumir el fracaso de su proyecto migratorio. Ellos vieron llegar a sus casas, en su país, en Mali o Senegal, a gente que se fue y volvió con coches occidentales y ropa occidental, gafas de sol occidentales. Y ellos les siguieron. Caminaron por África para encontrar las redes que les llevarían a España y en España encontraron el trabajo de temporeros que no querían hacer los españoles. Eran los últimos del escalafón, por debajo de los magrebíes y los del este. Pero tenían trabajo, iban ganando dinero, pensaron que todo iría mejor. El año pasado sucedió algo que no había sucedido hasta ahora. Terminó la campaña en septiembre y no se marcharon del campamento. Hablan con los suyos y los suyos les dicen en Lérida no hay trabajo, en Jaén no hay trabajo. De repente, están atrapados. Tienen una sensación de fracaso. Es gente orgullosa, muchos de ellos tienen estudios que, si se compararan con los de aquí, les daría para un buen trabajo, pero ellos son los que trabajan en el campo, no tienen otra posibilidad. Son trabajadores, muy nobles. Ahora están en un callejón sin salida. Algunos llevan cuatro años y sienten que no sólo no han avanzado nada, sino que han retrocedido muchos pasos”.
Cáritas sigue y seguirá apoyando, pero considera que las administraciones tendrían que implicarse, “al menos entregándoles agua. Son muchos como para que la buena voluntad de la gente de alrededor o nosotros mismos, que estamos desbordados, podamos sostenerlo continuamente. Ahí están los datos, en el ordenador: 280 inmigrantes en Mazagón, 450 en el campamento de Lepe, 58 en Lucena. Ocurrió con el cambio de la política migratoria del sector fresero, fue entonces cuando los subsaharianos incluyeron en su ruta Huelva. Nos relatan que en su día hubo problemas. “No tenían los alojamientos que les habían prometido y así fueron creándose los asentamientos, de una manera improvisada, como solución provisional”. Ahora es un problema permanente. Hace un tiempo los subsaharianos luchaban por lo suyo, los ‘sin papeles’ llegaron a protagonizar una huelga de hambre en 2008 por las condiciones laborales, una huelga que se extendió a sus compañeros de Jaén. Ahora no necesitan una huelga para pasar hambre y en ese campamento no se vislumbra ningún conato de rebelión, ni siquiera de indignación.
En la sede de Cáritas nos enseñan las fotos que tomaron durante los temporales, cuando el pinar de Las Madres se hizo lodo. En estas fotos sí vemos rostros desencajados, con los restos del miedo en los ojos. “Son supervivientes, están acostumbrados a condiciones durísimas. Ninguno de nosotros podría aguantar ese estado de cosas durante un año. La situación se ha ido deteriorando, lo transitorio se ha convertido en permanente. Es como si hubieran quedado sin capacidad de reacción”. Esta derrota es su nueva patria, este tablero de tapones de cocacola que simulan ser damas es la cartografía diaria, su mapa de fuga. Nadie les impide salir de aquí, pero como en El ángel exterminador, no salen. No salen. No hay nada detrás. Quizá un jornal en la fresa, quizá, quizá… Y aún así, ignorados por todos, sin que nadie se preocupe de llevarles agua, de echarles una mano, al cruzarte a la salida de su ‘país’ de pinos custodiado por el gran tigre blanco, uno de ellos te despide con una sincera amabilidad y te desea suerte. “Igualmente, mucha suerte, amigo. La necesitas”.
Autor: Pedro Ingelmo / Huelva

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